En vez de recurrir a golpes, gritos o insultos, muchos expertos actualmente recomiendan métodos de disciplina positiva, donde al niño se le ofrece un acompañamiento amoroso y respetuoso para mejorar su conducta.

Por Ivannia Varela

“Tratemos a los demás como nos gustaría que nos trataran” es una norma de convivencia que aprendemos desde edades tempranas. ¿Pero en nuestro hogar, la aplicamos con los hijos?

Las estadísticas dicen que no. En el 2014, las cifras de UNICEF arrojaron que la violencia, en todas sus manifestaciones, es la forma de disciplinar más frecuente en la infancia en 62 países encuestados.

En promedio, casi mil millones de niños con edades comprendidas entre los 2 y los 14 años habían sufrido castigos en sus hogares durante el mes anterior a la realización de la investigación. “Alrededor de cuatro de cada cinco niños habían sido sometidos a castigo físico y/o a agresión psicológica, mientras que un 17% había sido disciplinado con severidad (por ejemplo, golpes en la cabeza, la cara o los oídos, o golpes fuertes y repetidos)”, explica en su blog Susan Bissell, jefa de Protección de la lnfancia en la Sede de UNICEF en Nueva York.

Para algunos expertos en el tema, muchos padres utilizan el castigo físico y verbal por falta de conocimiento y recursos para enfrentar con éxito los desafíos de crianza de sus hijos. Ellos piensan que los niños necesitan sentirse lo suficientemente mal por su forma de actuar y los adultos están llamados a “enderezarlos”, a toda costa.

Lo que desconocen estas personas es que existen investigaciones científicas sobre los efectos nocivos en la salud, el desarrollo y la personalidad de los niños a raíz de los castigos físicos y verbales. Un grito primero, una nalgada después son –muchas veces– la antesala de situaciones que con el tiempo se podrían salir de control e incluso provocar lesiones severas y la muerte, como se ha visto en infinidad de casos.

¿Qué hacer entonces?

Desde hace bastante, para evitar este tipo de situaciones se ha insistido mucho en los métodos orientados a modificar la conducta de los niños basados en premios y consecuencias. Entre ellos destaca la silla o rincón del pensamiento (donde se le pide a los menores que mediten sobre su proceder en un lapso proporcional a su edad) y las tablas de recompensas (por su buen comportamiento el menor se gana sellitos o calcomanías hasta conseguir algo que desea), muy al estilo de la famosa serie de televisión Niñeras SOS.

Sin embargo, en los últimos años también ha entrado en escena, más fuerte que nunca, la corriente de la Disciplina Positiva. Esta busca acompañar al niño y con amor y respeto, hacerle ver su manera de actuar, para que él mismo comprenda y decida modificar su conducta. Desde esta perspectiva “el error debe verse como una oportunidad de crecimiento o de aprendizaje y no como una situación para castigar”, afirma Natalia Calderón Astorga, psicopedagoga y fundadora de Disciplina Positiva-Costa Rica.

Uno de los métodos más recomendados por esta corriente es el llamado “Tiempo adentro”. Entonces, en vez de aislar al niño que está protagonizando un berrinche (muy común a partir de los dos años de edad), lo que se hace es permanecer a su lado para proporcionarle herramientas de autocontrol (ayudarle a calmarse por medio de frases empáticas, explicándole que debe respirar, abrazándole o simplemente acompañándolo). Esta alternativa no es fácil ni resuelve el problema en un santiamén, pero a largo plazo –opina la experta– es mucho más efectiva.

Otra posibilidad es implementar la llamada rueda de las opciones. Consiste en elaborar una rueda en cartulina o papel con alternativas que le permitan al niño conectar el cerebro superior con el inferior para tranquilizarse. Se practica en casa (cuando el menor está en control) y luego al estar fuera de sí, se le recuerda para que elija la opción que desee: tomar agua, introducir las manos en arena, saltar, solicitar un abrazo, respirar, soplar burbujas y otras estrategias de autorregulación.

Más opciones

En los talleres de padres que desean aprender sobre Disciplina Positiva, Calderón también ofrece otras técnicas que en esta oportunidad quiso compartir con Mamá Joven:

  • Use la regla de oro: “Trataré a mis hijos como me gustaría ser tratado”.
  • Anticipe la conducta inadecuada.
  • Mantenga un ambiente de seguridad, respeto y firmeza para los niños en el hogar.
  • Valide los sentimientos de los niños y jóvenes. Haga conexión antes de corrección.
  • El tiempo de enfriamiento es muy útil, en especial para los adultos. Es necesario aprender a tener autocontrol para enfrentar con certeza las emociones. Respire para oxigenarse y calmarse.
  • Cuanto más alta sea la voz de su hijo, más baja debe ser la suya. Eso reducirá la tensión.
  • Asegúrese de que su hijo reciba el mensaje de amor y respeto. Cuando los niños se portan mal, se ha visto que en el fondo lo que necesitan es escuchar palabras que les hagan sentir queridos.
  • No desate una lucha de poder. Usted no tiene que ganarle al niño, debe ganárselo a él.
  • Formúlele preguntas para que él mismo llegue a la conclusión de qué es lo que está pasando, por qué reaccionó de esa manera y cómo podría resolverlo la próxima vez.
  • Establezca rutinas con el niño y particípelo de la elaboración de estas; así tendrá más voluntad de respetarlas.
  • Ofrezca opciones limitadas. Cuando se ofrecen opciones (por ejemplo: ¿Querés que te lea un cuento o te cante una canción antes de dormir?), se da al niño la libertad de elegir y eso lo motivará a actuar.
  • Distraer y/o reorientar: En vez de prohibirle hacer algo, es preferible decirle u orientarle sobre lo que sí puede hacer.
  • Esto puede por sí solo cambia la actitud tanto del padre como del hijo.
  • Dedicarle todos los días unos minutos extra hace que el niño se sienta aceptado e importante y le permite compartir experiencias y sentimientos. De 2 a 6 años: 10 minutos al día, 7 a 12 años: 30 minutos por semana, 13 años en adelante: una vez al mes hacer algo juntos. La cita debe ser fija.
  • Valide los sentimientos del niño para que él sepa que se le entiende, es tomado en cuenta y nunca será rechazado por tener algún sentimiento en particular. Por ejemplo, se vale decirle: “eso me asustaba a mí también cuando yo era niño”.
  • Hable menos y actúe más, que sus actos hablen por sus palabras. Ej. Iremos al parque hasta que los juguetes estén recogidos.

Involucre al niño en la solución de conflictos. Esto le ayudará con su sentido de pertenencia.

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