¿Por qué tantas veces nos sentimos solas?
Por Dianne Medrano
Este mes celebramos el Día de la Madre, el cual está lleno de flores, abrazos y fotografías que hablan de amor. Todo eso está bien….
Este mes que inicia me encontré pensando en otra realidad, la de las madres que lideran empresas. Las que toman decisiones que impactan empresas enteras y, al mismo tiempo, sienten culpa por perderse una actividad del colegio. Las que sostienen equipos completos mientras, muchas veces, sienten que nadie las sostiene a ellas.
No sé si les pasa, pero existe una soledad muy silenciosa en el liderazgo femenino. No porque estemos rodeadas de poca gente, sino porque muchas veces sentimos que vivimos entre dos mundos que parecen pedirnos cosas distintas: uno nos exige resultados, mientras el otro nos recuerda que debemos cuidar; uno nos pide firmeza, el otro sensibilidad. Así terminamos creyendo que debemos escoger entre una versión y la otra.
Hace unos días leía un estudio sobre psicología industrial que hablaba de la incongruencia de roles. Explicaba cómo muchas mujeres líderes experimentan una tensión constante entre el rol que desempeñan en posiciones de autoridad y el rol que la sociedad ha asociado históricamente con la mujer: cuidar, proteger, contener.
Entonces entendí por qué tantas veces nos sentimos solas: no porque no seamos capaces, sino porque, en algún momento, nos hicieron creer que para liderar había que dejar atrás esa parte de nosotras, que debíamos endurecernos, hablar diferente, sentir menos y parecernos más al modelo tradicional de liderazgo.
Durante años yo también lo intenté. Pensé que debía convertirme en un personaje para ser tomada en serio. Creí que la autoridad significaba esconder mi espontaneidad, mi sensibilidad y hasta mi sentido del humor. El precio fue muy alto porque cuando dejamos de ser auténticas para cumplir un papel, tarde o temprano aparece el desgaste.
Hoy pienso exactamente lo contrario. Creo que una de las mayores fortalezas del liderazgo femenino nace precisamente de aquello que durante mucho tiempo intentamos esconder: la empatía, la intuición y la capacidad de desarrollar personas
antes que procesos, junto con la habilidad de sostener conversaciones difíciles sin dejar de ver al ser humano que temenos enfrente.
Quien me diga que eso no es liderazgo de alto nivel, pues temenos que conversarlo porque creo que quizás ese sea el liderazgo que más necesita el mundo.
En este Día de la Madre quiero reconocer a todas esas mujeres que muchas veces sienten que no están haciendo suficiente, a las que llegamos cansadas, a las que dudamos, a las que sienten que viven entre reuniones, aeropuertos, tareas escolares y decisiones difíciles.
No están fallando. ¡Están liderando una complejidad que pocas veces se reconoce!
Tal vez la verdadera pregunta no sea cómo aprender a liderar como alguien más, sino cómo volver a liderar desde quienes realmente somos. Creo firmemente que la mayor revolución del liderazgo femenino no consiste en aprender a liderar como los hombres, sino en dejar de pedirle permiso a nuestra naturaleza para liderar exactamente como las mujeres fuimos creadas para hacerlo.




