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Nuestra mejor versión no tiene fecha de cumpleaños 

Utopías de una CEO, Noticias Recientes

Daniel Rosales

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Hace mucho tiempo convivo con algo que muchas personas esconden detrás de una agenda llena. 

Por Dianne Medrano 

Amigas, durante varios meses me alejé de este espacio, viviendo con el pendiente de poder producir algo de calidad que agregue valor a quien me regale su amable tiempo para leer esta columna y honrar el espacio que gentilmente me han otorgado mis amigos de Summa Media Group. Esto no ha sido porque no tuviera qué decir. De hecho, probablemente, tenía más cosas que nunca, pero la vida ha estado particularmente compleja y he tenido que desarrollar una estrategia de sostén propia para atravesar una etapa que me ha exigido más de lo habitual. 

Hace mucho tiempo convivo con algo que muchas personas esconden detrás de una agenda llena, una sonrisa impecable o una aparente capacidad infinita para resolver problemas: un burnout persistente que me acompaña hace bastante y que trato de ignorar a diario. 

La ventaja que he tenido es que no es una condición lineal. Hay días extraordinarios en los que la energía fluye, las ideas aparecen y siento que puedo conquistar cualquier desafío. Sin embargo, también existen otros días…días donde la creatividad escasea, donde la energía parece haberse agotado y donde incluso las tareas más sencillas requieren un esfuerzo desproporcionado. 

Durante mucho tiempo he estado luchando contra eso. Quise ganarle. Quise empujar más fuerte. Quise demostrarme que podía seguir funcionando al mismo ritmo… 

Hoy entiendo que la verdadera fortaleza no siempre está en acelerar. Muchas veces está en escuchar. En reconocer nuestros límites. En proteger aquello que nos sostiene. En administrar con sabiduría nuestra energía, nuestro tiempo y nuestra creatividad. 

Una conversación muy relevante para mí me hizo reflexionar profundamente. Provino del espacio que me saqué para desayunar con una gran amiga, quien acaba de tomar una de las decisiones más valientes de su vida: después de muchos años en el mundo corporativo, optó por cerrar un ciclo y lanzarse a escribir su próximo capítulo, que aún no sabe con certeza cual será.  

Sin embargo, una vez fuera de esa estructura que le había dado identidad durante tanto tiempo, durante nuestra plática apareció una pregunta que la llenó de incertidumbre: 

_ “¿Quién me va a contratar ahora? 

Parece que ya estoy muy grande para empezar de nuevo. Estoy cerca de los 50”. 

Mientras la escuchaba, me di cuenta de algo que veo con demasiada frecuencia, especialmente en mujeres extraordinariamente talentosas. Muchas veces no son los demás quienes nos limitan, somos nosotras mismas. Nos convertimos en nuestras propias juezas. Nos descartamos antes de que alguien más tenga la oportunidad de valorar lo que somos capaces de aportar. 

En mi desempeño como CEO he participado en innumerables procesos de contratación a lo largo de mi carrera. Y puedo decir algo con absoluta honestidad: jamás he contratado a una persona por su edad. He contratado por talento, por experiencia, por criterio, por capacidad de aprendizaje, por resiliencia, por inteligencia emocional, por liderazgo, por la habilidad de resolver problemas complejos. Esas capacidades no disminuyen con los años. Al contrario. Se fortalecen. 

Los años nos enseñan cosas que ningún libro, ningún curso y ninguna universidad pueden enseñarnos: a levantarnos después de una caída, a manejar la incertidumbre, a navegar conversaciones difíciles, a entender mejor a las personas, a distinguir lo urgente de lo importante, a reconocer lo que realmente tiene valor… 

La experiencia no es una desventaja competitiva; es una ventaja. Sin embargo, vivimos en una sociedad obsesionada con las edades. Nos dice cuándo deberíamos habernos graduado, cuándo deberíamos habernos casado, cuándo deberíamos tener hijos, cuándo deberíamos alcanzar el éxito… Peor aún, pareciera decirnos cuándo ya es demasiado tarde. 

No obstante, la vida rara vez sigue esos calendarios. He visto personas reinventarse a los 50 años, emprender a los 60, descubrir una nueva pasión a los 70 y encontrar propósito cuando creían que ya habían vivido sus mejores años. 

Por eso creo que la edad es información, no una sentencia. El problema no es cumplir años, sino creer que esos años definen nuestros límites, que determinan nuestro valor, que reducen nuestras posibilidades o que establecen una fecha de vencimiento para nuestros sueños. ¡Esa fecha simplemente no existe! 

Hoy retomo este espacio con una invitación sencilla, pero poderosa: no permitas que tu edad defina tus decisiones, no permitas que un número tenga más peso que tu experiencia y no permitas que el miedo te convenza de que llegaste tarde. Sobre todo, no te conviertas en la primera persona en decirte que no. 

La vida ya tiene suficientes desafíos como para que además carguemos con límites que nosotros mismos hemos construido. A cualquier edad seguimos teniendo derecho de empezar de nuevo, cambiar de dirección, de aprender, de equivocarnos y de construir una nueva versión de nosotros mismos.  

¡Mientras haya vida, siempre habrá posibilidad! ¡El talento, la pasión y el propósito no tienen fecha de vencimiento y nuestra mejor versión no tiene fecha de cumpleaños! 

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